EL GRAN ERROR

EL GRAN ERROR

Foto de Kindel Media 

El calor fundente de aquella tarde de agosto no colaboraba a que su raciocinio le diera las pistas para salir de aquella situación más o menos airoso. Allí, sentado en aquel cuartucho no podía parar de pensar en ella, en lo que había sido capaz de hacerle y, sobre todo, en las consecuencias, esas que no piensas cuando lo haces, cuando todo pasa. Su vida se acababa y no podía hacer nada por detener toda la destrucción que se avecinaba. Ya era tarde. De nuevo ese sonido retumbó en su cabeza: ¡Pam!

En sus manos todavía quedaban restos de sangre y tizne. Sus rizos negros se presentaban tan alborotados como en aquellos días de playa y viento que tanto le gustaba pasar con ella en la costa de la luz. En su piel morena se podían ver los restos de la noche previa: arena, sudor y sangre, cual torero en la plaza. Pero aquella faena no iba a ser aplaudida y mucho menos saldría a hombros. 

Apenas habían pasado catorce horas del desgraciado incidente y en cada uno de los minutos su cerebro se esforzó en encontrar una salida,  una coartada que le salvara de su error, el más grande, el gran error, pero la búsqueda fue poco fructífera. Había cometido muchos fallos en su vida de los cuales no se sentía nada orgulloso, pero aquel no tenía parangón. ¿Cómo podría explicar aquello? ¿Qué podría decir o evitar para no empeorar más la situación? Debía ser rápido con esto porque el tiempo tampoco estaba cooperando con él. Otra vez: ¡Pam!

¡El vecino! Seguro fue él — pensó. El puto vecino que tuvo que bajar la basura cuando ni siquiera está permitido. Su excusa cuando le pilló con ella entre sus brazos tampoco fue ni buena, ni suficiente. Con lo que él había sido mintiendo y en lo que había quedado. Desde luego estaba perdiendo facultades en todos los sentidos.

— Se encuentra mal y la llevo al hospital porque se ha desmayado — le espeté altivo. 

No recibió ninguna respuesta. Una mirada tan profunda de vuelta y sintió que le desvestían el alma y  se quedaba desnudo ante aquel inoportuno señor mostrando esa parte oscura que todos tenemos y que sólo aflora cuando nos dejamos llevar por los instintos más primarios. Estaba seguro de que, además, había visto el reguero de sangre desde el ascensor hasta su coche. No había tenido tiempo de limpiarlo. Si tan solo hubiera bajado unos minutos más tarde no se habrían encontrado, no le habría delatado y ahora no estaría allí, sudoroso y sediento, esposado y esperanzado en salir victorioso de esta batalla que le estaba ofreciendo la vida. 

Mis hijos. ¿Qué pensarán de mí? Su padre es un asesino y serán los hijos del asesino para toda la vida. Teníamos planes justo este fin de semana. El parque de atracciones, por fin. Siempre se quejaban de que los findes con él eran muy aburridos y quería sorprenderles. Pues sí que se iban a sorprender, pensó. 

¡Joder, qué manera de cagarla! ¿Cómo les explico esto? Mis manos, esas con las que les hago la comida, les ayudo a bañarse, les peino han acabado con la vida de otra persona. De ella. De nuestra rubia. Supongo que no se apenarán de que ella ya no esté. No le tenían tanto aprecio. Pero si que, por culpa de ella, ahora nuestra vida se iba a acabar, esa en la que compartíamos anécdotas, creábamos recuerdos, vivíamos. Eso ahora ya no. No volverá. Ni siquiera había podido verles. La próxima vez que se vieran, si eso llegaba a ocurrir, sería en un vis a vis. La puta de su madre ahora sí que estará feliz. 

El policía entró sin avisar y de un portazo le sacó del ensimismamiento.  ¡Pam! La rigidez de su rostro y la manera acuchillante de mirarle a los ojos sin mediar palabra le llevaron a pensar que se trataba del poli malo. Ojalá tuviera más suerte con el poli bueno. También entró. Una joven que, por una milésima de segundo, pensó que era su rusa, su guiri, aquella a la que nunca más volvería a ver. 

— Somos todo oídos — dijo el policía sin titubear. 

— La conversación va a ser grabada, podemos esperar a su abogado o bien proceder con su declaración —  añadió ella. Nosotros no tenemos prisa y, suponemos, usted tampoco —  insistió en tono jocoso.  

No quise esperar. Sabía que ni el abogado del diablo le salvaba de la tragedia que se avecinaba en cuanto empezara a articular palabras. Sin titubear asumió toda la culpa, o casi. 

—  No puedo explicarlo. Todo fue extremadamente rápido. Llevábamos varias semanas mal y cada día era peor que el anterior. Cualquier tontería era motivo de discusión. Con ella me ahogaba y me consumía poco a poco. Me llamaba constantemente incluso cuando estaba en el instituto, cualquier alumna era sospechosa de ser una posible amante, me controlaba la ropa, todas las noches tenía que enseñarle mi móvil, cualquier paso en falso era un motivo más para que ella me ninguneara y ejerciera una presión sobre mi que era difícil aguantar. Desde la primera cita ella ha estado guiando mis pasos. Ahora lo sé. Cada vez más, hasta el más mínimo detalle y yo sabía que tenía que salir de que esa situación pero no sabía cómo.

—  ¿Marchándose simplemente? —  preguntó la inspectora. 

—  Si, debería haberlo planificado mejor, pero… entonces… Estoy intentando acordarme del motivo de nuestra última discusión. No lo consigo. Pudo ser la ropa en la secadora o el vaso en la encimera, pero no lo puedo asegurar. Solo sé que me gritó como cuando regañas a un niño, con la autoridad del que tiene el poder y al que estás sometido y aquello colmó mi vaso. Recuerdo que la empujé. ¡Si, la empujé! En un arrebato por sacarla de mi vida, por perderla de vista, por respirar. No debí medir bien las fuerzas. Cayó con un golpe seco. Todavía lo escucho. Como cuando cae un libro desde lo más alto de la estantería ¡Pam! No me inmuté. La dejé tendida sobre las escaleras viendo como el charco de sangre era cada vez más grande y solo cuando vi que la sangre rozaba mi zapato pude reaccionar.

—  Entonces, ¿reconoce que golpeó accidentalmente a Irina la noche del veinte de agosto, ¿no? — cuestionó el inspector. 

— ¡No la golpeé! He dicho empujé. ¿Acaso usted no ha empujado nunca a alguien? Todos, en algún momento, hemos perdido los nervios, hemos deseado cerrar un episodio de un portazo, de un tortazo o de un empujón, como yo. 

— Tiene razón — asintió la poli buena. En algún momento todos podemos perder los nervios pero no hasta ese punto. ¿Qué le llevó a hacer lo que hizo después?

— El pánico — contestó rotundamente. ¿Ha sentido usted alguna vez tanto miedo que el simple sonido del viento le aterre? Yo sí. Desde ese golpe seco vivo aterrorizado de mi mismo. No sé cómo he podido llegar a todo esto. Pensé que hacerla desaparecer sería más fácil y hacer creer a todos que ella me había dejado y se había marchado a Moscú, como tantas veces me había amenazado. Pensé que era un final tan romántico para su historia y quise hacer casi realidad su deseo, por lo menos en mi cabeza. Pero nada ha funcionado. Ni el soplete que cogí del trastero para quemarla fue suficiente, ni el descampado estaba lo suficientemente escondido, ni yo soy un asesino. 

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