EL GOLPE

EL GOLPE


Esa noche había apagado el teléfono móvil. Ella no quería ver más que las estrellas que cubrían el firmamento. Con su cigarro en la mano, contemplaba todo a su alrededor. Pero algo la inquietaba, salió de su contemplación para encender su móvil. Allí vio el mensaje.

¡Te encontré!

Tan pronto lo leyó, el teléfono cayó al suelo y el golpe seco hizo que diera un salto de la cama. Buscó las deportivas. Rescató el móvil y comprobó rápidamente que, al menos, la linterna funcionaba. No quería encender la luz para no darle pistas de su ubicación exacta. Hurgó en la repisa de la entrada intentando pescar las llaves del coche para salir de allí lo más rápido posible. No fue suficientemente astuta. Tras la puerta estaba él.


— ¿Dónde crees que vas? — vociferó Diego.
— Déjame salir. ¿Cómo me has encontrado? — susurró Elena.
— Siempre has menospreciado mis habilidades tecnológicas y ya te he demostrado que no puedes huir de mí.
— Por favor, márchate. Solo necesito tiempo a solas. Pensar y decidir qué hacer con mi vida. No soy capaz de engendrar una vida ahora.


Aquella conversación no iba a llegar a buen puerto por lo que Elena optó por la violencia y empujó con toda su furia interna a Diego que, sorprendido por la fuerza de ella, perdió el equilibrio, resbaló y se golpeó la nuca con el macetero que daba majestuosidad a la entrada del apartamento.


— Diego, ¡despierta! Cariño, por favor. No me hagas esto. No me gustan tus bromas y siempre te lo he dicho. Venga, tengamos la noche en paz y hablemos. Seguro juntos encontramos una solución.

La única respuesta que recibió fue el hilo de sangre que ya rozaba su deportiva. No era capaz de engendrar una vida, pero si de quitarla.

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