EL ELIXIR

EL ELIXIR

José era feliz, de los que se ve en la cara. De mejilla sonrojada, sonrisa presente y gesto amable. No perdía el tiempo en citas médicas porque, simplemente, era un roble. Fuerte, robusto, sin achaques ni hendiduras. Sabía disfrutar de las pequeñas cosas, del comer, del vivir, del sentir, incluso del trabajar. Pero también tenía un punto débil, en su caso, la fugacidad del tiempo. Su rostro, si alguna vez se torcía, era al conocer algún fallecimiento, ya fuera de un allegado o desconocido. Y, por supuesto, temía por su propia muerte.

El reloj de arena sin vuelta y que, cada día, sentía que se vaciaba un poco más. Movimiento lento, seguro e inevitable. Su lucha contra ello la batalló con elixires y pócimas, con historias que leía y leyendas que no conseguía creer hasta que, casualmente, conoció la leyenda de la cueva de la sierra de las nieves.

Llegar al fondo de la cueva del oso y beber la pócima de la inmortalidad era el reto que la fábula proponía. Supo que sería la solución a su problema y, sin titubeos, se aventuró en una excursión por el bosque. Cargó su mochila con manta y saco, comida y bebida, luz y abrigo. Dejó la furgoneta aparcada al borde del sendero y se adentró en la inmensidad del bosque. Era temprano y la proeza parecía, en principio, fácil pero, según avanzaban las horas, se sentía vencido por el frío, el cansancio y la incertidumbre de saber si estaría en la cierto o no.

Tras varias horas de camino, decidió hacer una pausa para reponer energía y ánimo y, entonces, imaginó cómo sería su vida inmortal. Tras beberla, podría disfrutar de la vida de forma indefinida, desperdiciar el tiempo si le apetecía y repetir de forma incansable aquellas cosas que más le gustaban porque su vida no tendría límite, ni fin. Pero, se planteó una duda: ¿y los demás? Tendría que sobrevivir a hijos y nietos, a amigos y familiares, acudir a sus entierros y, por tanto, la idea no resultaba ser perfecta para él.

— Pensaré en eso cuando, de verdad, consiga llegar a la cueva y tenga acceso a la pócima — pensó José.

Así, que con el último atisbo de sol, siguió caminando con la luna como brújula y la esperanza como compañera pensando en su bienestar y en la forma de conseguir transportar el preciado líquido hasta sus seres más queridos para que todos pudieran disfrutar de la inmortalidad. Anduvo. Descansó. Escaló. Bebió. Lloró de desesperación. Siguió. Rio pensando en su logró. Llegó.

Se adentró en la cueva y, al final, pudo ver un pequeño altar con la dulce ambrosía. Bebió y, en un arrebato, lo robó. La leyenda nunca mencionó si aquello estaba permitido y podría funcionar para los demás, pero era la única solución que le resultó mas satisfactoria.

En su camino de vuelta, el miedo por la decisión precipitada se le estaba haciendo muy pesado y dudó si devolver la pócima a su sitio o seguir con las consecuencias de su acto. Siguió. Corrió. Tropezó. Respiró. Continuó. Dudó pero fue consecuente. Entregó el preciado líquido a todos sus conocidos y, cada uno de ellos, fue falleciendo en las siguientes semanas. Perdió a su hijo primero, también sus nietos y amigos. Tuvo que convivir con la soledad y la pena de haber envenenado a todos los que quería. Sufrió lo que nunca había deseado y ahora, con sus 150 años, sabía que la maldición de la inmortalidad y el recuerdo de sus seres queridos, siempre presente, había caído sobre él por toda la eternidad.

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