LA NIÑA

LA NIÑA

Allí estaba sentada en la parada del autobús. Con al menos cinco años. Sola y asustada. No lloraba. Tan solo miraba de un lado a otro buscando algo. ¿A sus padres? ¿Algún hermano mayor? Un pequeño oso de peluche la escoltaba y se aferraba a él como lo que era: el último resquicio de compañía. Su pelo moreno y rizado caía sobre la chaqueta que alguien debía haberle puesto en algún momento no muy lejano. Su camiseta, a juego con la falda, emanaba un olor a colonia infantil que conseguía trasladar a la más tierna infancia.

No parecía que el resto de transeúntes se hubieran dado cuenta de su situación, excepto Elena, que sintió la urgencia de acercarse más a ella y ver cómo la podía ayudar. Pensó que debía ser cuidadosa porque igual podría asustarla y no alcanzar el grado de complicidad que requería la situación.

— Hola pequeña. Que peluche tan bonito. ¿Me dejas verlo? — dijo con tono amable y tranquilo.

No se inmutó. Tenía la mirada fija en un punto y ninguna de sus palabras consiguió sacarla de su ensimismamiento. Elena decidió sentarse a su lado, en silencio, pero observándola ahora más de cerca. Entonces pudo comprobar un pequeño churrete de chocolate en la comisura del labio que podía significar que no debía tener hambre y una mancha rosácea con una curiosa forma de corazón en la mano.

Volvió a intentarlo usando alguna palabra clave que consiguiera, realmente, llamar su atención.

—¿Estás esperando a tu mamá? ¿Te ha dicho que no te muevas de aquí? —insistió amigablemente.

Entonces la pequeña giró la cabeza y, sin decir palabra alguna, asintió. La minúscula respuesta dio pie a Elena para seguir preguntando e intentando averiguar qué hacía la pequeña tan sola en la parada.

—¿Llevas mucho esperando? ¿Sabes dónde ha ido? ¿Quieres que vayamos juntas a buscarla? — preguntó Elena.

Seguro eran demasiadas preguntas para la pequeña porque mientras las hacía se dio cuenta de que la niña ya había vuelto a aquel lugar de su mente donde ella no tenía acceso. Se empezaba a impacientar y pensó en llamar a la policía para resolver la situación, pero quizás significaba generar una alarma innecesaria y, en realidad, su madre había tenido una urgencia y estaba a punto de volver. Esperaría allí para poder entender qué había pasado y, así, podía escoltar a la pequeña mientras volvía, asegurándose de que nada malo le pasara.

Fueron los quince minutos más largos de su vida en los que la niña seguía mirando a un punto fijo justo enfrente y Elena no conseguía sacar una sola palabra de su boca. Ni el caramelo que dejó caer junto a su pie, ni la cancioncilla que tarareaba para intentar sacarla de su letargo, hizo efecto alguno en ella hasta que, de repente, la miró.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? Si es más de treinta minutos mi mamá no va a volver y me dijo que, entonces, buscara una nueva mamá. ¿Tú quieres ser mi mamá? — dijo con una vocecilla susurrante.

Sus palabras taladraron su cabeza y le martillearon el corazón. No podía ser que alguien, conscientemente, abandonara a una niña de una forma tan fría y cruel. Ese pequeño acercamiento le valió para recabar más información y poder actuar en consecuencia.

—Pero, ¿Cómo te llamas pequeña? — preguntó mientras intentaba darle la mano para que sintiera que podía confiar en ella.

—Me llamo Nadia. Creo que mi madre me dijo que dijera ese nombre — contestó mientras volvía a mirar a un punto fijo justo enfrente.

—Bueno Nadia, me gustaría ser tu mamá, pero las cosas son un poco más complicadas que eso. Deberíamos buscar un poco de ayuda de otras personas para que podamos resolver todo esto. ¿No sabes dónde ha podido ir tu mamá? — preguntó de nuevo en un intento desesperado de evitar algo mayor.

De nuevo, parca en palabras, se puso de pie y señaló al edificio de enfrente al que la niña no le había quitado ojo en todo momento. Con suavidad, Elena cogió su mano y caminaron juntas hasta el edificio en busca de respuestas.

En el corto trayecto pasaron por la cabeza de Elena las ideas más descabelladas y tuvo el presentimiento de que algo horrible estaba a punto de pasar. Dudó si continuar con aquello o buscar al primer policía que se encontrara, pero la curiosidad siempre fue su punto débil y, si dejaba a la niña en manos de la policía, nunca quedaría saciada.

Ya en la puerta, Elena pudo ver el cartel del edificio marrón, anexo al Hospital Universitario. Allí en un fondo blanco relucían las palabras: Salud Mental.


Disparador creativo: misterio

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