LA ENTREVISTA

LA ENTREVISTA

Esperaba paciente que llegara el ascensor. Allí, de pie, los tacones se clavaban y le hacían sentir un dolor punzante desde los tobillos a la rodillas. Las medias tampoco se ajustaban a la perfección a su cuerpo y la falda le apretaba bastante la cintura. La camisa, también demasiado ajustada, le hacía sentir incómoda y solo la americana le permitía sentir un poco de alivio porque cubría todo aquello en lo que no quería que se fijara su entrevistador. El pelo perfectamente acomodado tras la sesión de peluquería y el retoque de maquillaje culminaba una presencia impecable.

Tenía tiempo pero estaba tan nerviosa que parecía que el ascensor bajada de lo más alto del cielo, así que pulsó el botón repetidas veces como si eso hiciera que llegara con más celeridad. Por fin. Se abrió la puerta y salieron en tropel demasiados uniformados que corrían, cual maratón, de camino a la puerta de salida.

Entró y pensó que iría directa, y sola, a la quinta planta, su meta. No tuvo esa suerte. El ascensor paró en la segunda planta y entró él. Parecía que llevaban el mismo uniforme porque también llevaba zapatos incómodos, pantalón y camisa demasiado estrecha y la americana tapando alguna que otra chicha que sobresalía por encima del cinturón.

— ¿Subes o bajas? —  preguntó ella.

— Subo a la quinta planta —  contestó él mientras se interesaba más de la conversación en el móvil que en la dirección del ascensor.

De repente, el ascensor se paró. Ella, nerviosa, miró a todas partes y no se podía creer lo que estaba pasando. Él, absorto en el móvil, pensó que era la tercera planta.

— Perdona pero el ascensor se ha parado — interrumpió ella.

— Será algo puntual. A veces pasa. —  contestó él convencido del autoengaño.

Un minuto después, él se había aflojado la corbata y decidió quitarse la chaqueta sofocado por el calor que empezaba a subirle desde la espalda al cuello. Ella, en su intento de mejorar la situación, pulsaba insistentemente el botón de la quinta planta y el botón de emergencia. Sonó una voz por el interfono.

— Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? —  añadió la voz desde el otro lado.

— Hola… eh… estamos en el edificio Apolo entre la tercera y la cuarta planta, supongo. El ascensor se ha parado. —  contestó ella con la voz entrecortada.

— Ok. Disculpen las molestias. Voy a hacer unas comprobaciones y les doy una respuesta en un momento.

Cada uno en una esquina del ascensor, intentando mantener la calma y solo ella estaba teniendo suerte. Él había comenzado a sudar abundantemente y se mojaba los labios constantemente mientras resoplaba y mascullaba palabras ininteligibles.

— Perdona, ¿estás bien? Como has dicho antes, será algo puntal — comenzó ella intentando entablar una conversación para distraer al reloj.

— La verdad es que no. Tengo mucho calor. La boca seca. Me falta el aire. Necesito salir de aquí. — respondió él mientras se secaba con un kleenex el sudor de la frente.

— ¿Necesitas ayuda? Si quieres podemos respirar juntos y así yo me calmo y tus pulsaciones bajan, ¿te parece?

— A ver. No estoy ahora para terapia, pero quizás pueda ayudar.

— Venga. Inspira conmigo. Cuenta hasta tres. Expira conmigo. — comenzó ella a dirigir el momento.

Entonces, volvió a sonar el interfono que interrumpió la sesión de respiración conjunta.

— Perdonen. Me comenta el técnico que llegará en unos quince minutos aproximadamente. Sentimos las molestias y agradecemos su paciencia.

Para cuando el interfono había terminado la frase, ella ya se había recogido el pelo con una gomilla, descalzado y estaba abanicando con el currículum a su inesperado acompañante, que parecía sentirse más indispuesto todavía.

— Pues verás — empezó ella a relatar — yo venía a una entrevista de trabajo y fíjate. Me llevo un sofoco y en un momento mando al carajo la peluquería de esta mañana y doy la entrevista por finalizada antes de empezar. No se puede llegar tarde a una entrevista y cualquier excusa sonará estúpida, sobre todo si dices que estás encerrada en el ascensor del edificio. Así que, al traste con todo. Seguro que no era para mi el puesto.

Viendo que él seguía si poder articular palabra prosiguió en un monólogo.

— Así es la vida. Un momento estás lista para darlo todo y demostrar tu valía ante tu posible jefe y otro estás abanicando a un desconocido con los papeles que contienen tu formación, tu experiencia, tus idiomas. Parece ridículo, pero así es mi vida —  prosiguió ella.

Y en ese momento, la puerta se abrió y apareció un técnico que, junto a algunos oficinistas curiosos, ofrecieron ayuda a los dos ocupantes para que tomaran algo fresco y se acomodaran en un par de sillas. En ese momento, él se recompuso inmediatamente como si hubiera recibido un chute extra de energía y ella, más abatida, empezó a notar como los ojos se le humedecían viendo que sus opciones de un cambio de vida se desvanecían una planta más arriba.

— ¡Muchas gracias! — acertó a decir él.

— No ha sido nada. Qué menos que socorrer a quién está necesitado, ¿no? —  contestó ella.

— Por favor, mañana, si puedes, ven a la quinta planta, oficina trescientos dos y pregunta por Javier. Te recomiendo que subas por las escaleras. ¿Me dejas tu currículum como recuerdo?

Veinticuatro horas más tarde, ella estaba firmando un contrato con mejores condiciones de las que hubiera imaginado. Él, satisfecho, supo que necesitaba a alguien como ella a su lado cada día.

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Un comentario en «LA ENTREVISTA»

  1. Madre mia!! Que sofocon!! He sentido la claustrofobia solo de leerlo!! Jajjajaja!! No se cuantas veces me subo a un ascensor para ponerme a prueba!! Ahí sigo..:( menos mal que esto tiene final feliz después de todo:)

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