LA DECADENCIA

LA DECADENCIA

— ¿Qué te puedo contar de ella? — comenzó a relatar Raúl. Verás, todo eran comodidades cuando la conocí. No era una chica de lujos pero siempre decía que le gustaba vivir bien. Apartamento en el centro de Madrid. Unas veces en metro y muchas más en taxi. ¿Los findes? Siempre caía alguna reserva en el restaurante de moda y, por lo menos, una vez al mes escapadita con alguna amiga… Una isla española, alguna ciudad europea… Siempre había un ingreso extra que invertir en viajar. Disfrutona la llamaban.

Entre viaje y viaje me comentó que estaba cansada de vivir sola y que había decidido mudarse con una amiga a compartir piso. Me costó creerla porque ¿Quién prefiere la incomodidad de compartir piso a la independencia de hacer lo que te de la gana en tu casa? No lo entendí muy bien pero pensé que, quizás, ocultaba una historia de amor que no le apetecía confesar y, por supuesto, lo respeté.

Seguía trabajando bastante, entre obras de teatro más o menos importantes, algún capítulo en series de televisión e incluso películas con papeles de protagonista… Desde luego se veía que su fama crecía pero ella, en lo mejor de su carrera, tras la nominación al Goya, decidió tomarse un año sabático para formarse, crecer y salir un poco de la vorágine de la popularidad. Bueno, lo pude entender porque, dicen, que cuando creces muy rápido necesitas tomar distancia y prepararte.

— ¿Cuál fue el problema? — preguntó el entrevistador mientras jugaba con la cucharilla del café.

— Pues que desapareció. Como te lo cuento. En la cresta de su ola se esfumó y dejó de estar en la lista de contacto recientes de su mánager, de sus amigos, de sus conocidos. Yo me acordaba de llamarla de vez en cuando y me decía que estaba en la costa del sol pasando un tiempo para volver a sus raíces. Incluso, la invité varias veces a subir a mi casa para vernos y hacer planes por la capital, pero siempre tenía un plan mejor. Un tiempo después la llamé pero el teléfono ya no estaba disponible. No tenía forma de contactar con ella puesto que había cerrado sus redes sociales y no contestaba ni los emails.

La sorpresa fue mayúscula cuando viajé a Marbella y, en los alrededores de la estación de autobuses me la encontré. Rapada. Delgada. Sola. Mochila a la espalda y vagabundeando. No supe qué decir. No pude acercarme a ella y tenderle una mano amiga. El shock fue total. No la volví a ver.

— Entonces, ¿podemos titular el reportaje: La decadencia de Moria Cernay? —  preguntó el periodista con actitud indiferente.

— Pues supongo — contestó el entrevistado con la cabeza baja —. Espero que no lo lea nunca.

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