CONFESIÓN

CONFESIÓN

Cuando entraron al cobertizo solo pudieron corroborar que aquello era una tragedia.

Los tres cuerpos estaban amontonados. El primero correspondía a una mujer de unos cuarenta y cinco años que yacía boca abajo. Encima un chico de diez años descansaba ensangrentado e inerte. A poco más de 2 metros, reposaba un varón que no llegaba a cincuenta años. En la esquina de la habitación una escopeta de caza.

A la derecha, de pie, un chico de quince años los miraba impasible y en la esquina opuesta estaban sentadas las dos señoras que, suponían, habían llamado a la comisaría. Lloraban y se consolaban mutuamente.

Procedieron con el protocolo solicitando la ambulancia, no tanto para los tres cuerpos, sino para que pudieran suministrar medicación a las dos mujeres que estaban rozando el ataque de ansiedad. Acordonaron el cobertizo para que no se contaminaran las pruebas hasta la llegada del juez, aunque los hechos ocurridos estaban claros. Solo faltaba saber quién había asesinado a aquellas tres personas.

— Nos puedes contar qué ha pasado — preguntó el policía dirigiéndose al chico.

— Claro. He matado a mi familia. Me tenían hasta los huevos — contestó inexpresivo.

Las señoras aumentaron el volumen de su desconsuelo al oír sus palabras y, cogidas de la mano, salieron despavoridas hacia la entrada de la casa. Mientras, el interrogatorio continuaba.

— ¿Podrías darnos más detalle? — insistió el agente.

—¿Qué más quieres saber? ¿Necesitas más para llevarme detenido? — respondió el adolescente.

— Quizás estás un poco confundido o trastornado con lo que ha podido ocurrir aquí — añadió el policía.

— Te aseguro que no — siguió altivo —. Puedes esposarme cuando quieras y en comisaría volveré a decir lo mismo. He sido yo.

En respuesta a sus palabras, la pareja de policías solo pudo esposar al chico para conducirlo a comisaría intentando convencerse de que aquello era un error, por poco que lo pareciera.

Nadie pronunció palabra alguna. Los policías intercambiaban miradas de soslayo intentando una comunicación visual que se hacía complicada, perturbados no solo por la escena que se habían encontrado, sino mucho más por la frialdad en la confesión del adolescente. El joven, miraba intensamente por la ventana como quien ve un paisaje por última vez mientras se rascaba la cabeza a modo de tic nervioso.

En comisaría, el quinceañero confirmó cada una de sus palabras dejando consternados a todos los que escucharon su confesión. La aparente serenidad en sus palabras, ofendía. La crudeza del relato, helaba.

— Si, fui yo. No lo he pensado mucho pero si he querido hacerlo tan pronto como me vino a la cabeza. Primero, subí el volumen de la radio del coche a tope para disimular los disparos. Fui a por ella con la escopeta preparada. Le disparé por la espalda porque no le di ni tiempo a girarse. ¿Quién se cree que es para castigarme sin salir y sin internet? A la mierda. Cuando vi que mi hermano venía a ver qué pasaba le disparé de frente. Sin dudarlo. Estoy harto de ver en las películas que esas cosas no hay que pensarlas porque o las haces o no las haces. Y no tenía más remedio que hacerlo — relataba el joven fríamente. — No sé por qué los oculté en el cobertizo. Supongo que por si venía algún vecino, pero no vino nadie. El que llegó un rato después, fue mi padre. Esperé a que aparcara el coche donde siempre y mientras caminaba hacia la puerta principal llamando a mi madre le disparé también por la espalda. A veces es mejor no mirar a los ojos.

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