COBARDE

COBARDE

Había llegado el día de la entrega y seguía temblando como cuando te presentas al examen más importante de tu vida. Las múltiples llamadas de su editora, los mensajes, los emails para recordarle que llegaba demasiados minutos tarde no la estaban ayudando con el ataque de pánico que estaba intentando controlar.

Entre mantener la calma y pensar una excusa útil al hecho de que se retrasaba en la entrega se le escapaban los minutos cual reloj de arena goteando despacio. Sería la décima llamada cuando, finalmente, cogió el teléfono.

— ¿Sí? Soy yo. Lo siento. — contestó Almudena con voz entrecortada.

— Lo siento es una frase vacía cuando lo que viene es una excusa falsa. A ver, deléitame con tu historia esta vez. —  añadió la editora al otro lado del teléfono.

— No es una historia. Es real. — prosiguió ella. — Estoy hiperventilado. Solo quiero acurrucarme en mi cama. Desaparecer del mundo. No puedo con esto. Me ahogo. Lo siento.

— Está bien. Le diré a mi jefa que nuestra escritora del momento necesita un día más. Voy para tu apartamento y… o me das el manuscrito, o te lo robo. ¡Tú eliges! — remató la editora mientras colgaba el teléfono sin darle oportunidad a réplica.

— Gracias como siempre. Aquí te espero. — culminó ella inútilmente porque al otro lado no había ya nadie.

Aquel episodio fue definitorio para solicitar una consulta urgente con su psicólogo porque sabía que no se podía volver a repetir esa situación. Él tampoco le falló.

— ¡Hola, Almudena! ¿Cómo te puedo ayudar hoy? — le dijo su psicólogo con la misma sonrisa amable del primer día.

— Otra vez estoy igual, pero ahora me muero de la vergüenza porque parece que no he trabajado esto en terapia. Gracias por atenderme tan pronto. No sé cómo me podría sostener sin pilares. — comenzó Almudena a desahogarse. — Me ha vuelto a pasar. Llevaba semanas sabiendo que iba a pasar y no he podido hacer nada para controlarlo. Tuvo que venir Sofía a recoger el pendrive con el manuscrito final y hacer la entrega sin mi presentación ante los peces gordos . Ya sabes, me puede el terror que, tras tantos meses de trabajo, me rechacen. Siento morir si en ese momento veo un mal gesto. Cada libro es un parto, un hijo y la presión aumenta cada vez más. Cada obra debe ser mejor al anterior y siempre pienso que el anterior es inmejorable. Puedo documentarme, puedo escribir… disfruto el proceso de gestación, pero el postparto es insoportable.

— Lo sé, Almudena. Lo hemos trabajado mucho en consulta y tienes que hacerte valer y ver que el público te lee, que el manuscrito ha sido revisado previamente y que el momento de la entrega es solo como cuando le das el examen al profesor, pero el trabajo ya está hecho. — le decía pacientemente su psicólogo. — ¿No te sirvió el ejercicio de respiración y meditación que te recomendé?

— Nada, no funcionó. Ya te digo que sabía que me pasaría. Ahora el manuscrito ya está entregado y sé que la fecha de la presentación es en tres meses y no dudo que me va a volver a pasar. Ojalá pudiera hacer una especie de  simulacro de todo eso o convertirme en ese tipo de autora anónima, como Banksy, que todos admiran su obra, pero nadie lo conoce físicamente. Mis miedos son más poderosos que mis ganas y sé que no voy a poder acudir a la presentación.

— Trabajaremos sobre ello, podemos teatralizarlo. Tenemos tres meses para seguir profundizando en ello. No temas. Estoy a tu lado. Piensa tranquila cómo quieres abordarlo y comenzamos en la próxima consulta. ¿Te parece? — concluyó el psicólogo.

Dos meses más tarde, Almudena pensaba que tenía esa etapa superada. Se apoyó en su editora, en su psicólogo, en su familia, en los miles de seguidores que, amablemente, le decían que estarían allí fuera ella o no. Estaba convencida de que esta vez sí hasta un día antes de la fatídica fecha.

Solo bastó el comentario de un hater en sus redes sociales donde se anunciaba la presentación para acabar con su ilusión y el deseo de firmar ejemplares, de conocer a sus lectores, de compartir en directo opiniones y saludos, de pensar cada dedicatoria con el mimo que se merecen.

“Mañana no iré. Tú tampoco. Cobarde”.

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