PERDIDO

PERDIDO

 

Un sonido estridente le despertó. Abrió los ojos con fiereza y comprobó que solo había árboles. Árboles frondosos y pájaros cantando alegremente. Apenas podía respirar. En cada inspiración sentía un pinchazo profundo de dolor en las costillas. No solo le dolía el pecho, también las manos, la espalda, las piernas. Todo su cuerpo estaba dolorido. ¿Por qué?

Lo último que recordaba era  ver un paisaje paradisíaco a través de la ventanilla. Una de esas playas donde desearía estar cada vez que un paciente fallece, cada vez que llega una urgencia al hospital y sabe que no va a poder salvarle. Aguas cristalinas, arena blanca y paz. Mucha paz.

Escuchó un ruido entre las hojas y ramas que le rodeaban. Algo se estaba acercando. ¿Una serpiente? ¿Algo peor? Por suerte, algo mejor sin duda. Un perro. Blanco, sano, fuerte. Se acercó a él y casi le pisa la cara cuando le pasó por encima. Algo bueno debería significar que el perro siguiera vivo, pensó.

Su respiración se normalizó por unos segundos, sin embargo, el dolor se hizo cada vez más intenso. Intentó incorporarse y a duras penas lo consiguió comprobando que sus piernas apenas le aguantan. Notó una fuerte quemazón en la cara, probablemente de los rasguños, y sabía que el traje estaba roto. Se palpó una herida profunda en la séptima costilla izquierda y comprobó que supuraba algo de sangre pero nada preocupante siempre que encontrara algo con lo que taponarla.

Rebuscó en sus bolsillos y no encontró nada, pero si algo útil que le podría venir bien en el futuro. La pequeña botella de vodka que cogió del minibar de la habitación del hotel unas horas atrás. Una pequeña sensación de alivio le invade al saber que, con ella, no estaba solo.

El desconcierto se despertó en su interior intentando pensar dónde estaba y, sobre todo, cómo había llegado hasta allí. Un impulso interior le empujó a correr como si su vida dependiera de ello. Aturdido, galopaba ágilmente sorprendido de que ahora sus piernas no solo le sostuvieran, sino que se movieran a esa velocidad. Apartó ramas, esquivó socavones y voló entre los árboles buscando no sabía bien qué hasta que llegó a esa playa que había visto un rato atrás desde la ventanilla del avión. Él no debería estar allí.

Ante sus ojos solo había arena, mar y un cielo completamente despejado que le transportó por una milésima de segundo a sus últimas vacaciones en el Caribe hasta que el sonido del mar queda ninguneado por los gritos. Muchas voces pidiendo auxilio y un ensordecedor ruido de turbina que, por fin, comprendió de dónde provenía y qué había pasado.

Pudo ser el instinto de supervivencia o la vocación lo que le llevó a correr hacia donde venían las voces y comprobó que no era una pesadilla, sino la vida real y él estaba allí. Solo veía gente herida. Escuchaba gritos. Sentía el desconcierto. No sabía a dónde acudir. Vagaba aturdido. Esquivaba restos del avión y pasajeros tirados por el suelo.

En aquella situación solo podía hacer un balance de los peligros inminentes y buscar a la persona que menos chillara porque, como le habían enseñado en el curso de emergencias sanitarias, el que menos grita es el que está peor.

Una fuente de gasolina a la izquierda, un crujido intenso del ala del avión que estaba a punto de partirse. La chica rubia que se sentaba junto a él estaba gritando. Todo lo que podía ver era sangre entremezclada con la arena y mucho dolor. Sin duda, era el momento de poner en práctica todo lo que había aprendido.

 

**Ejercicio novelando el inicio de Lost.

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